Lo único malo que tienen en común esas dos obras maestras absolutas llamadas 'Taxi Driver' y 'Toro Salvaje' es la película que se sitúa entre ellas: 'New York, New York', una carta de amor al musical clásico que, entre tanto exceso y ambición, quedó condenada a formar parte de la lista de trabajos menores del apabullante catálogo firmado por Martin Scorsese. Claro, hablamos de un cineasta capaz de sacar oro incluso de los charcos más sucios, pero aquí hay que hacer un esfuerzo importante para encontrar algo más allá del bostezo.

La lista de errores es amplia, pero, resumiendo, diremos que las pretensiones con las que nació el proyecto fueron las mismas que se encargaron de hundirlo a nivel comercial y crítico. Todo era demasiado gigantesco, incluyendo las cantidades de drogas que manejaba Scorsese en aquel lejano 1977, todo era demasiado apabullante, todo era demasiado grandilocuente y, lástima, (casi) todo era demasiado vacío. Uno puede sentir en cada fotograma el nervio de un director obsesionado con realizar un monumento cinematográfico, pero no es suficiente, principalmente porque las bases sobre las que se quiso edificar este sueño de celuloide se deshacía minuto a minuto.

A continuación, descubrimos algunas de las curiosidades más sorprendentes de una película a la que el paso del tiempo, lejos de ayudar, ha terminado de condenar al olvido. Sus destellos de genialidad, alguno hay, merecen ser celebrados, pero la recompensa por un esfuerzo de, atención, casi 160 minutos, es realmente escasa. Nos queda para siempre, eso sí, su canción principal, inmortal y emocionante como el primer día. Y estas anécdotas, por supuesto.