Sandra Oh es, sin lugar a dudas, una de esas actrices que ejemplifican a la perfección la estúpida y vaga rapidez con la que solemos utilizar el término 'secundaria'. Y es que, a pesar de haber contado en gran parte de su trayectoria profesional, con papeles que casi siempre jugaban un papel mucho más discreto frente a personajes de una presencia mucho más protagonista, la intérprete canadiense se las ha arreglado con envidiable soltura para terminar eclipsando a sus compañeros y compañeras de reparto sin mostrar esfuerzo aparente. Se trata, en definitiva, de un don natural.

Una virtud que ha provocado, de una forma tan inevitable como coherente, su ascenso a la primera liga de intérpretes femeninas de una industria que la ha recibido con los brazos abiertos, especialmente gracias a trabajos tan fantásticos como 'Anatomía de Grey', 'Catfight', 'Hard Candy', 'Entre copas', 'Los secretos del corazón' o, por supuesto, 'Killing Eve'. Espléndido conjunto.
Y conviene detenerse en la serie creada por la maravillosa, única y genial Phoebe Waller-Bridge, ya que se trata de una propuesta en la que Oh ha terminado de desatarse por completo, descubriendo la inmensa intérprete que siempre pareció habitar en ella. Su destreza para pasear por la fina línea que separa la comedia del drama es uno de los grandes atractivos de una historia que encuentra en la actriz a uno de sus mayores y más potentes reclamos. Este último empujón televisivo parece haber terminado de aclarar el camino para Sandra Oh, la protagonista permanentemente disfrazada de secundaria.