Muchos soñábamos con un western con la firma de Quentin Tarantino. Después de todo, casi todas su películas, a pesar de ser un puzle de influencias variadas, tenían el espíritu y la forma del cine del Oeste de toda la vida, especialmente en la vertiente Leone. Por eso, cuando en 2012 llegaba a las carteleras 'Django desencadenado', la expectación era máxima. Y el resultado justificó la espera.
Para resumir, nos encontramos con una película que es, en su 90% de metraje, una obra maestra, pero que en el 10% restante, puede que por esperanzas desmedidas de encontrar la perfección, no termina de funcionar. Pero vamos a quedarnos con lo bueno. Violencia brutal, humor descacharrante, impecable factura técnica, apabullante banda sonora y diálogos de levantarse y aplaudir.

Todo está en 'Django desencadenado', en especial en su primera hora y media, donde se tiene la sensación de estar presenciando un clásico atemporal, lírico, descubriendo una poética tarantiniana desconocida por controlada y dosificada hasta la excelencia. Un festival de diversión, tensión, acción y romanticismo, hacia el cine y sus personajes, que volvía a reconciliar al público con el género.