Muchas falsas promesas nacen cada año del cine independiente estadounidense -¿os acordáis de Marc Webb?-, pero aquellos capaces de mantenerse fieles a sus estilo son capaces de aprovechar la pequeña escala de la industria para afianzarse como autores de renombre. De esta manera ha proliferado Wes Anderson, gracias a un estilo inconfundible, que puede ser al mismo tiempo objeto de rechazo o de embelesamiento por parte del público. Ya que no se esconde tras la cámara o la tinta del guión, sino que libera ese universo que tiene encerrado en su prodigiosa mente, lo cual puede cautivar cuando te sumerges en sus propuestas o provocar que huyas despavorido, como sucede con tantos otros directores.

Con seis nominaciones al Oscar en su haber y, mucho más importante, un halo de prestigio alrededor de su nombre que hace que los mejores actores revoloteen a su alrededor, no cabe duda de que Anderson se ha convertido en uno de los directores estadounidenses que más interés generan a nivel internacional. Se podría decir de él que tiene una mentalidad más europea, por el planteamiento más alternativo que nos ofrece en sus películas, algo muy disfrutable teniendo en cuenta lo homogéneo que suele ser el cine que nos llega de su país de nacimiento. Aunque se hayan convertido ya en su mayoría en relatos que no entienden de fronteras.
En este momento se encuentra trabajando en su segundo proyecto animado, que contará con las voces de Bryan Cranston, Edward Norton, Jeff Goldblum, Bob Balaban y... ¡sorpresa! Bill Murray. Pero poco se sabe por ahora de ese proyecto. Para hacer tiempo hasta que podamos verlo, hemos revivido en nuestra memoria lo que nos hizo sentir cada una de sus ocho películas, nacidas de la extremadamente particular visión del director procedente de Houston: