Tres biopics, un Shakespeare y un thriller psicológico vestido de bellísimo western. Los géneros en los que encontramos a los cinco nominados en la categoría de Mejor actor de los Oscar son tan dispares como interesantes, convirtiéndose todos y cada uno de ellos en una especie de patio de juego en el que estos inmensos actores, sin excepción, han sabido encontrar el punto de equilibrio exacto para enamorar a la Academia.

Benedict Cumberbatch y su tremenda capacidad para manejar los tiempos del dolor, la ausencia y la pasión escondida. Will Smith y su destreza para construir proyectos a su medida. Javier Bardem arrasando con una interpretación que es puro fuego. Andrew Garfield destrozando nuestros lacrimales sin compasión en un trabajo de una sensibilidad contagiosa. Y Denzel Washington siendo Denzel Washington, algo que jamás ha salido mal.
Un quinteto de oro al que, pese a poder echar de menos a otras opciones que había sobre la mesa como Oscar Isaac, Peter Dinklage o Bradley Cooper, resulta imposible no caer rendido en mayor o menor medida. La estatuilla ya está rozando los dedos de Will Smith, eso sí, pero cualquier escenario en el que se produjera una sorpresa no se debería ver como descalabro. Y no es poco cuando hablamos de los Oscar.