A pesar de contar 'solamente' con seis películas a sus espaldas, pocos dudan a la hora de señalar a Luca Guadagnino como uno de los cineastas más interesantes, ambiciosos, imprevisibles y estimulantes surgidos en Europa en las últimas dos décadas. Y es que, en todos y cada uno de sus largometrajes, incluyendo aquellos en los que resultados artísticos no han estado a la altura de lo esperado, el director ha sabido dejar bien clara su huella, marcando el terreno con su personalidad visual, su manera de entender, escuchar y tratar a los personajes y su modo de convertir la gran pantalla en algo similar a un torrente de sensaciones.
Porque las películas de Guadagnino no se quedan a la altura de un proyector, danzando sin alma frente a los ojos del espectador. Se tratan de experiencias que te agarran de la solapa, observándote frente a frente, acariciando y rasgando, erizando y doliendo, conmoviendo y aterrando. Todo en ellas es hermoso, poético y vibrante, sí, pero también nostálgico, oscuro y melancólico. La belleza de la pérdida, de la cordura desbordada, de la tormenta que moja por dentro, de las despedidas sostenidas en el aire.

En definitiva, estamos ante un director con unas señas de identidad relacionadas tanto con el fondo como con la forma, consiguiendo así equilibrar lo que se ve y lo que se siente con una destreza abrumadora. Por eso, solamente podemos cruzar los dedos para poder seguir disfrutando en el futuro de más joyas con la firma de Luca Guadagnino.