Existen películas que quedan definidas para siempre por una escena. No necesitan nada más, condensan toda su esencia en un momento, un instante de duración variable que, por alguna razón que afortunadamente no podemos describir con palabras, termina perdurando para siempre, elevando al conjunto, lanzando su eco más allá de los años. 'Flashdance' es uno de esos ejemplos. Todo, absolutamente todo, está condensado en sus últimos seis minutos.

La fuerza, la energía, el subidón (perdón) y la épica se combinan en ese tramo final que convirtió a la película dirigida por Adrian Lyne en un clásico (otro) de la aparentemente inagotable década de los ochenta. Hizo mucho, muchísimo, ese temazo indiscutible titulado 'What a Feeling', canción ganadora del Oscar, y la entrega absoluta de su protagonista, Jennifer Beals, pero las sensaciones que sigue desprendiendo esa escena continúan muy por encima del resto de elementos de una película que, no nos engañemos, tiene poca tela que cortar.

En cualquier caso, aquí profundizamos un poco más en 'Flashdance', tratando de conocer un poco mejor las claves de uno de esos éxitos inesperados capaces de enamorar a toda una generación de espectadores. No es nada complicado imaginar la subida de inscripciones en escuelas de baile tras su estreno. La magia del cine. Y de una escena.