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SPR4

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Las mentiras de Rashomon

30 ago 2014

Akira Kurosawa era un genio. Sí, tal cual suena, y es indiscutible. Te puede gustar su cine o no. Perfecto. Puede que ni siquiera le conozcas. Vale. Puedes ser de esos a los que les sale urticaria si ven una película anterior al año 2000. Ok. O de aquellos que, cual muñeco Nenuco en posición horizontal, se quedan fritos con tan solo empezar a ver los créditos de una peli viejuna en blanco y negro. Respeto por eso. Pero que Kurosawa era un genio es tan cierto como que el sol sale primero en Japón (o casi), y sus mejores películas -rodadas hace décadas, en blanco y negro, y para más inri, asiáticas- son todas unas auténticas maravillas del séptimo arte.

Con Rashomon he querido hacer una análisis basado en mi percepción particular de esta cinta más que otra cosa, así que si no la has visto no te recomiendo que sigas leyendo por dos motivos: 1) Estará lleno de spoilers. 2) Puede que algunas cosas no las entiendas ya que son referencias a la película. Pero si aún así te empeñas en leer este tocho, te doy las gracias por la parte que me tocas, así, acabado en ese. <3

La primera mentira.

Rashomon es de esas películas que de su simpleza emana precisamente lo que la hace especial, como el minimalismo japonés, o como Mario Vaquerizo, porque en esa aparente sencillez se oculta algo mucho más complejo, la película ya nos miente desde su propia pretensión queriendo que nos creamos que es lo que no es. Una verdad a medias es también una mentira menor. Me gusta pensar en esta película como si fuera un puzle que muestra la imagen de un círculo negro sobre fondo blanco, a simple vista es muy sencillo y comprensible, redondo, cerrado, pero si nos acercamos empezamos a ver los surcos grabados en el papel que delinean las piezas ensambladas. Cine Zen.

La película empieza dejándonos intrigados desde el primer momento, como Gabo en Crónica de una muerte anunciada, así de sopetón, como quien no quiere la cosa, pero eso sí, con un ritmo pausado, acompañado de un par de planos de esos tan hermosos y sugerentes que tan bien sabe rodar el director nipón, silencios, unas cuantas frases inconexas «No lo entiendo, de verdad que no lo entiendo», y de repente ¡zás!, el muy cabrito se gana nuestro interés.

Luego va destapando el argumento a golpe de flashback, y vamos viendo de qué va la película, empezamos a creernos lo evidente: cine negro en la edad media japonesa me dije, curioso, original cuanto menos, vamos a ver cómo sigue. Los personajes nos empiezan a contar una historia que les tiene descolocados, un crimen del cual fueron testigos o partícipes en mayor o menor medida, y digo nos, porque nos la cuentan a nosotros los espectadores; los agentes de la ley que son los que supuestamente toman declaración a los testigos ni aparecen ni hablan, están detrás de la cámara, pero no se les oye decir ni mu en toda la película, lo que crea la sensación de que somos nosotros a quienes se dirigen los personajes con su relato, ya en su forma es original esta película, pero está justificado, es una pieza más del puzle, lo que me lleva a:

La segunda Mentira.

Los personajes hablan por sus boquitas pero en seguida nos damos cuenta de que todo son patrañas ya que las versiones empiezan a contradecirse entre sí: desde lo que dice el ladrón presunto asesino hasta la jovencita fuerte/débil/loca, pasando por el muerto (que al final resulta que no hablaba, lógico, estaba muerto), o la médium que puso cuerpo y alma para resucitar al cadáver (que tampoco era médium por lo anterior, otra mentirosa) y acabando en el testigo del crimen que dijo que vio una cosa cuando lo que en realidad vio fue otra, y nunca sabremos si eso último que dijo fue la verdad. Mentirosos. Todos. Y nos lo cuentan directamente a nosotros, al público detrás de la cámara, nos mienten como bellacos y así lo percibimos gracias a la narrativa visual que Kurosawa usó en esas escenas, para que también nos sintamos víctimas de la mentira.

El único que parece ajeno por todo este círculo de falsedad es el monje budista, continuamente preguntándose si hay alguien que diga la verdad, perdiendo su fe en el hombre por momentos. El monje es el factor humano que cohesiona todo al final: la cola blanca sobre el puzle acabado.

La tercera mentira.

Es en su desenlace cuando descubrimos que realmente la historia del crimen es secundaria, lo que ha querido contarnos Rashomon, desde el principio, es que el ser humano es mentiroso por naturaleza, es egoísta y de ese egoísmo nace la mentira como un mecanismo para sobrevivir, para ocultar la vergüenza, para conseguir algo; «Encontré el cadáver en el bosque», «Él me violó, él mató a mi marido» «Acompáñame al bosque, te venderé unas joyas», «No lo entiendo», etc. Esta es la tercera mentira de Rashomon, la revelación que se descuelga en su desenlace, la que nos hace comprender que no somos tan distintos de esos personajes embusteros y que solo nos importamos nosotros mismos.

La película es un círculo Zen casi perfecto, pintado a mano en tinta negra sobre pergamino japonés, recortado en forma de rompecabezas, un círculo de mentiras que al final vuelve a nosotros, y es infinito, como todos los círculos.

Este es el gran tema de esta película, la mentira, pero también trata sobre la pobreza y la miseria, muy presente en el cine de Kurosawa, el pesimismo y la depresión de una sociedad que se ha ido al carajo, recordemos que Japón venía de perder la II Guerra Mundial, tenían sus ciudades calcinadas y sus campos sembrados con huesos, y con este panorama desolador solo podía salir algo bueno, de los despojos siempre brota la vida, así que Rashomon nos guarda un final optimista, con una de las escenas más bellas de toda la película, aunque a mi parecer -y este es el único punto negativo que le encuentro a esta película- es algo inverosímil, de repente: un bebé, o como me dijeron una vez: «Y cuando no sepas cómo continuar una historia, haz que entre un tipo con una pistola». Bang, bang. Le resto un punto por ese detalle, pero no pasa nada, como bien sabemos los círculos trazados a mano no son del todo perfectos.

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