En tiempos en los que la figura del guionista parece condenada, de manera tan injusta como definitiva, al papel más secundario de la industria, conviene resaltar su labor. Porque todavía existen autores de primer nivel capaces de equiparar su nombre a la altura de la de cualquier director o actor del firmamento cinematográfico. Si pensamos en la figura que representaría a la perfección esta capacidad para la valoración y supervivencia, Aaron Sorkin sería, si no la primera, una de las opciones más evidentes y justificadas. Un genio que ha conseguido, a base de respetar profundamente un estilo y forma de entender el cine muy particular, que su sello sea automáticamente identificable.

Sus últimos trabajos, tanto en la pequeña pantalla como en la grande, han generado un debate apasionante entre defensores y detractores, armados de argumentos basados en pedantería, aire de superioridad, inteligencia, sentido del humor y fina ironía. Elementos presentes a lo largo de una obra que, por encima de todo, apuesta por una personalidad contundente capaz de arrasar con todo. Diálogos de oro, planos secuencia como única opción para que el trepidante ritmo no decaiga, personajes dibujados a base de monólogos y respuestas memorables y una épica en la palabra de la que ya no quedan.
Mucho más cercano al clasicismo que al método cinematográfico contemporáneo, Sorkin confiesa en cada entrevista que su manera de enfrentarse a la hoja en blanco no ha variado en ningún momento. No intenta repetir la fórmula, no tiene la combinación exacta para abrir la caja fuerte del talento, tan solo intenta tratar con cariño a sus criaturas, arropándolas y otorgándoles personalidades fuertes, a veces demasiado. Mientras esperamos mordiéndonos las uñas su estreno como director con 'Molly's Game', analizamos toda su carrera, de menos a más, admirando y criticando a partes iguales. Y usando la palabra, el arma más contundente de Sorkin.