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'Blanco en blanco': El gélido retrato del poder de la dominación

Miguel Ángel Pizarro Viernes 31 julio 2020

Algo en lo que se ha especializado el cine chileno es abrir las puertas del mismísimo infierno. Ya lo hizo Pablo Larraín con la perturbadora 'El club' (2015), ahora lo hace Théo Court con la gélida 'Blanco en blanco' (2019), ganadora del premio a la mejor dirección y el FIPRESCI en la sección Horizontes del 76º Festival de Venecia y presentada en la Sección Oficial del 57º Festival de Gijón, donde causó una enorme polémica. Puesto que el largometraje es adentrarse en el lado más bello de la crueldad y la maldad y también en el rostro más perverso del arte.

Blanco en blanco

Court narra el Genocidio del pueblo indígena selknam, sucedido entre 1880 y 1910 en la Isla Grande de Tierra del Fuego, durante la época en la que colonos británicos, argentinos y chilenos se asentaron en la zona para crear estancias ovejeras. Las matanzas fueron detalladamente documentadas, puesto que uno de los exterminadores de los nativos, Julio Popper, mandó hacer un reportaje fotográfico de la barbarie, en la que los mercenarios y colonos posaban con los cadáveres de los selknam como si de trofeos de caza se tratasen.

Episodio pocas veces recordado en la actualidad, el cineasta hispano-chileno crea un relato sumamente incómodo, en el que no se posiciona de forma explícita, dejando que los hechos se narren por sí solos. Por otro lado, centra su figura en el fotógrafo sin nombre que retrató las matanzas. Ahí entra en juego Alfredo Castro, actor magistral hecho para personas espeluznantes y siniestros. Su personaje retrata el horror disfrazado de orden, la crueldad vestida de raciocinio, lo salvaje oculto tras la aparente civilización occidental. Ahí aparece en escena otro factor, el de la dominación.

Blanco en blanco

El lado más perturbador de la belleza y el arte

Cada secuencia de esta visita a uno de los círculos del infierno de Dante es un ejemplo del deseo constante de dominar y someter al otro, el ama de llaves a la novia menor de edad que va a casarse con el patrón del terreno, el fotógrafo que va a retratar a la chiquilla que se siente atraído por ella y que somete al ama de llaves, los mercenarios que mantienen a raya al fotógrafo en nombre del patrón y todos ellos son sometidos por el Señor Porter, dueño de la zona. Y en esta pérfida jerarquía, en el nivel más bajo están los indígenas. Y en medio de este vil juego de dominación, un largometraje afiladamente bello cual glaciar austral, en el que el arte queda sometido al horror, con el fotógrafo retratando la hermosura de lo inhumano, como si fuese Leni Riefenstahl rodando 'El triunfo de la voluntad' (1935).

Court crea un relato perverso, sumamente incómodo, en el que no entra a juzgar las acciones, dejándolas que sean ellas mismas las que hablen. Por otro lado, este gélido western (es imposible que se desligue de este género, al narrar la invasión de colonos y el exterminio de pueblos indígenas) tiene mucha relación con la realidad actual de Iberoamérica, en la que los pueblos amerindios siguen estando amenazados por estructuras gubernamentales que los ven como un estorbo, como el caso de los indígenas en el Amazonas brasileño. Court cierra el relato y, con él, una de las puertas más bellas del infierno, como también una de las más perturbadoras, en este averno de tinieblas que es el pasado más cercano de la historia iberoamericana.

Nota: 8

Lo mejor: Su exquisita fotografía, la interpretación de Alfredo Castro y su gélido escenario.

Lo peor: Es sumamente incómoda, al no ser un relato maniqueo, puede provocar el rechazo de cierto público, al considerarlo erróneamente una glorificación de la barbarie.

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