Existen treinta y tres maneras distintas de morir en Mauthausen, pero la peor, sin duda, es hacerlo en la llamada escalera de la muerte. Pasar hambre al lado del agotamiento es una minucia y los presos venidos arriba por la potestad de las armas, también. Pero para Francesc Boix (Mario Casas), el protagonista de 'El fotógrafo de Mauthausen', todo está pensado para impresionarte: desde el águila heráldica de la entrada, hasta las vallas electrificadas que delimitan el perímetro.
Directa y con la misma intención de una bala que se dispara a bocajarro, pero sin surtir efecto. Una terrorífica historia de cautiverio masivo que reflexiona sobre la perversión del arte, la manipulación de la realidad a ojos del autor o la apatridia decretada por Franco y Serrano Suñer ("Si no están en España, no son españoles").

La directora, Mar Targarona, nos transporta al campo de los españoles. En Mauthausen-Gusen ya estaban señalados: eran los rojos, los apátridas, los derrotados. Targarona nos presenta la historia real de Francesc Boix, un fotógrafo catalán que fue capturado tras exiliarse a Francia y tropezar con el avance alemán. Con ayuda de un grupo de comunistas nacionales, maquina un plan para sacar unos negativos del campo y así demostrar al mundo las atrocidades cometidas por el régimen. Las fotografías que Boix y sus compañeros consiguieron salvar fueron decisivas para la condena de altos cargos nazis en los juicios de Nuremberg, a los que el catalán asistió como testigo.
Es inevitable seguir con atención lo que sucede en el filme. El argumento lo merece y el héroe también. La historia es desoladora y casi desconocida. Pocos saben del español que denunció los crímenes del holocausto, pero no es suficiente. No consigue emocionar de la forma que lo hace 'La lista de Schindler' o 'La vida es bella', a pesar de que el carisma de Francesc es similar al de Guido (Roberto Benigni). De hecho, no lo hace de ninguna manera. La crueldad de las imágenes obliga a despegar la mirada del espectador en varias ocasiones en un intento de revolver almas, pero que solo aspira al desorden estomacal.
El guion vagabundea a lo largo de la cinta, sin rumbo ni destinatario preciso. Se diluye entre la sangre, la violencia y el valor del grupo de españoles. Ellos, en cambio, tenían un objetivo claro y no pararon hasta conseguirlo. Salieron del infierno de Mauthausen y denunciaron el sadismo del régimen hitleriano. Pero la narración pierde el pulso en el retrato de imágenes reales y, aunque apuesta por la contención y rehúye del melodrama, no es suficiente.

Desperdicio de heroicidad a la sombra de Mario Casas
Sin embargo, Casas ya no es el ídolo adolescente que empapelaba carpetas de instituto. Ahora se juega todas sus fichas al rojo y sale ganando. El actor retrata al personaje más difícil de toda su trayectoria y, por primera vez, su nombre podría ser candidato a Goya. Su rostro consumido refleja inanición, pero también valentía, astucia y un voraz instinto de supervivencia. Su mirada refleja la asfixia y desesperanza de este infierno. Pero aun siendo su interpretación más sincera, no logra equipararse a otros narradores de clásicos del género. Sería una injusticia no mencionar al siempre acertado Alain Hernández o la escalofriante y brevísima aparición de Macarena Gómez, que en cada sílaba vuelca un gesto más asfixiante y desesperanzador que el anterior.
Targarona lo tenía todo de su parte: una buena historia, un superhéroe de carne y hueso y un elenco entregado a la causa. Pero no termina de integrarse en el relato ni ahondar en unos personajes, que escuetos de fondo, recorren una atmósfera insípida.
Nota: 5
Lo mejor: Que se haga un homenaje al gran héroe español.
Lo peor: La directora se empeña en construir imágenes reales y olvida por completo el ritmo del filme.