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'La casa de Jack': La concepción del asesinato como representación artística

Javier Parra Viernes 25 enero 2019

En Cannes la odiaron y tacharon de provocadora, soez y políticamente incorrecta. Hasta aquí, podríamos estar hablando de cualquier película (todos los años aparece un film más o menos polémico que viene a ser la fuente de tales afirmaciones), pero si el título al que hacemos referencia es lo nuevo de Lars von Trier, cabe pensar que tal vez 'La casa de Jack' sí sea tan polémica como muchos dijeron.

La casa de Jack

Cinco años después del colosal díptico compuesto por 'Nymphomaniac. Parte 1' y 'Nymphomaniac. Parte 2', el director danés se saca las entrañas para entregarlas por completo en una obra que tiene tanto de redención personal como de golpe sobre la mesa para dejar clara, una vez más, que esta es su forma de hacer cine.

Por boca del Jack que da título al film, y a quien personifica Matt Dillon en uno de los roles más destacados de su carrera, Von Trier demoniza sus propios monstruos interiores, pese a que el director haya dicho ya en alguna que otra entrevista (con motivo del estreno de la película) aquello de que no le gusta que le comparen con su personaje.

La casa de Jack

El padre del Dogma '95 parece querer abrazar de nuevo ciertos elementos estilísticos del movimiento que abanderó a medidados de los noventa, volviendo a mantenerse ciertamente ligado a un cine de género donde se mueve como pez en el agua, y abrazando ese aire a cinema verité que dota a la confesión cinematográfica del asesino Jack, de un carácter a camino entre lo testimonial y lo arty.

Llevándonos hasta la década de los setenta, Dillon se mete en la piel del Jack del título, un despiadado psicópata que, lejos de todas las alegorías posibles y presentándolo tal cual, confesará sus crímenes (él mismo, los llama "Incidentes") al mismísimo Virgilio. Es así como Von Trier se exorciza a sí mismo cual Dante Alighieri en 'La Divina Comedia'.

La casa de Jack

Ensayo sobre el asesinato

Aquí es donde entra en juego la concepción del asesinato como proceso artístico, con mención directa a sus largometrajes incluida, elaborando así un diálogo directo ente espectador y creador, donde el danés no da puntada sin hilo y, pese a que pueda parecer que se está redimiendo ante la crítica y excusando su forma de hacer cine, lo que está haciendo en todo momento es constatar que su manera de dirigir es esta, le pese a quien le pese.

Entonces, ¿existe redención por parte del director? Pese a que muchos puedan pensar que el director está intentando redimirse de los escándalos que le han acompañado a lo largo de los años, lo que realmente reside tras su exposición es la cuestión de que lo que él quiere es que su obra se considere como tal sin necesidad de demonizar. Para ello, y sin dejar a un lado el característico cinismo del que Von Trier siempre ha hecho gala, esta suerte de relato biográfico ficcionado en torno al símil entre el asesinato y la creación del arte, no solo puede leerse en multitud de líneas (desde la filosófica a la puramente crítica, pasando por la sátira o el mero relato de horror con psicópata de por medio), sino que parece marcar un antes y un después en la intachable obra de una leyenda viva del séptimo arte.

Nota: 9

Lo mejor: Dillon, soberbio en la construcción de Jack.

Lo peor: Seguir sin tener claro si realmente Von Trier quiere que pensemos en él como Jack o no.

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