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'Utoya. 22 de julio': Pánico en tiempo real

Javier Parra Viernes 19 julio 2019

Julio de 2011. Utoya, un pequeño islote lacustre en las cercanías de Oslo, fue el marco en el que el terrorista Anders Breivik cometió el fatídico atentado (iniciado tras hacer explotar una bomba en el distrito gubernamental de la capital del país) que elevó a 77 la cifra de muertos, la gran mayoría de ellos jóvenes que habían asistido al campamento político juvenil organizado por el Partido Laborista Noruego.

Utoya

El hecho conmocionó al mundo Occidental al conocerse que el motivo de Breivik, un radical en contra de la sociedad multicultural, había sido por ideales políticos y como enemigo declarado de los ideales marxistas y contrarios a la extrema derecha, con el fin de despertar el sentimiento islamófobo de quienes simpatizasen con su acto y poder iniciar así una revolución que llevaría a conseguir una nueva nación exenta de inmigración. Como no podía ser de otra forma, desde el séptimo arte se tardó poco en querer contar tan cruenta historia, siendo la que aquí nos acontece la tercera de las adaptaciones que se han hecho sobre tan atroz suceso.

Tras una primera en 2012, llamada 'Utoya Island' y dirigida por Vitaly Versace, llegaba en 2018 '22 de julio', producción de Netflix dirigida por Paul Greengrass en la que narraba la previa al suceso y el momento posterior a este, pasando por una serie de géneros entre los que nos encontrábamos el thriller y el drama, donde el proceso judicial y de recomposición de las víctimas era fundamental a la hora de construir el corpus argumental de la película, basada en 'One of Us: The Story of a Massacre in Norway - and Its Aftermath', el libro publicado por la periodista Åsne Seierstad y para el que utilizó toda una serie de experiencias en primera persona por parte de los supervivientes de la masacre.

Utoya

Erik Poppe (responsable de la aclamada 'La decisión del rey' en 2016) dirige su séptimo largometraje y lo hace convirtiendo su visión del atentado en una experiencia en tiempo real contada a modo de plano secuencia, en la que la cámara se convertirá en la principal compañera de Kaja (Andrea Berntzen), una joven que ante el desconcierto de las noticias que llegan desde el confuso atentado en Oslo, deberá luchar por su vida desde el momento en el que empiecen a oírse una serie de tiros y una masa aterrorizada de jóvenes empiece a correr de un lugar a otro de la isla.

Tras las imágenes en las que Poppe nos muestra la explosión en la capital, lo que podría ser un emplazamiento idílico pronto quedará salpicado por el horror en ese ojo de la tormenta que supone todo el momento previo al comienzo de los hechos que quiere contarnos. Tal y como Gus Van Sant había hecho con 'Elephant' y aquellos paseos interminables a través de los pasillos del Columbine, los cuales no eran más que una forma de alargar esa constante tensión que el espectador sabía que en determinado momento iba a resquebrajarse, aquí el director planifica su historia entre diálogos que rezuman naturalidad entre los protagonistas, y la complicidad con el espectador, quien ya sabe lo que se avecina, aunque es en el cómo lo presenta en pantalla por lo que 'Utoya. 22 de julio' se convierte en una experiencia totalmente diferente a la ficción propuesta por Greengrass.

Utoya

Asfixiante recreación

Como si de un auténtico survival se tratase, y con la figura del asesino omnipresente pero siempre fuera de plano, Poppe convierte así a Breivik en algo parecido a una entidad fantasmal, solamente presente por el sonido que ejecutan sus armas de fuego, y con la intención de alejarse por completo de la narración de sus crímenes. Aquí estamos ante la narración de una masacre en la que poco importa el rostro del perpetrador (algo totalmente opuesto a lo que hacía Van Sant con los asesinos de 'Elephant'), sino que quiere plasmar la sensación de desasosiego que durante aquellos interminables minutos que duró el atentado, sufrieron quienes estuvieron allí presentes.

Sin estar directamente adscrita al género, 'Utoya. 22 de julio' no solo pasa a ser uno de los más enervantes ejemplos del cine reciente (me reitero en que la clave es su planificación en tiempo real), sino que como ya pasaría con 'Chernobyl', la serie de HBO con la que podríamos decir que comparte espacio vital por el momento en el que ambas han llegado a nuestro país, no es exagerado decir que ambas podrían empezar a ser consideradas como dos de los mejores ejemplos de terror (uno televisivo, el otro cinematográfico) del año.

Porque si hay algo que no se le pueda echar en cara al film de Poppe, es la forma en la que te agarra del cuello en determinado momento y aprieta hasta dejarte sin respiración en su desenlace, el cual podría ser perfectamente uno de los más descorazonadores de los últimos años y que da pie a la reflexión en torno a qué se está convirtiendo Europa con el espanto que supone el auge de la extrema derecha. Y eso no es digno de ser considerado terror, que alguien se atreva a negarlo.

Nota: 8

Lo mejor: Cómo consigue que todo el fuera de campo que envuelve a Kaja sea estremecedor.

Lo peor: Se nota que para poder construir esa magnánima secuencia hacían falta pequeños secundarios para completar minutos y que, perfectamente, podrían no haber estado.

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