Desde el mismo día de su estreno, 'La vida de Pi' se puede, y debe, analizar desde dos perspectivas: la forma y el contenido. En relación al primer punto, su apartado técnico y visual, estamos ante una obra deslumbrante, realmente excepcional, con uno de los mejores usos de las tres dimensiones que se han podido ver en un cine hasta la fecha.

El espectador se sumerge de manera casi literal dentro de la pantalla, viviendo en primera persona las aventuras de su protagonista, compartiendo su mirada y sus experiencias, hipnotizado ante cada uno de los inolvidables paisajes y criaturas que se va encontrando a su paso. Así sí. Respecto al contenido, el maestro Ang Lee se lanza al vacío con una historia tan compleja como apasionante, repleta de reflexiones de carácter religioso que requieren nuestra complicidad total.
Uno no se puede enfrentar a 'La vida de Pi' con más armas que una mente abierta dispuesta a escuchar y analizar cada detalle. Una misión que hubiera sido imposible de cumplir con éxito si la figura central, y prácticamente exclusiva, de la película no estuviera a la altura, algo que no ocurre gracias a la emotiva y entregada interpretación de Suraj Sharma. La guinda de un magnífico pastel.