El disparo de salida en la trayectoria profesional de Dylan O'Brien llegó en 2011 con dos propuestas divididas en la pequeña y la gran pantalla. La primera de ellas, 'High Road', fue un fracaso estrepitoso a casi todos los niveles, mientras que la segunda, 'Teen Wolf' funcionó a las mil maravillas en su condición de propuesta adolescente capaz de mezclar terror, romances, amistad y una dosis de acción. Además, superaba con creces los resultados artísticos de sus decepcionantes predecesoras cinematográficas, 'Teen Wolf (De pelo en pecho)' y 'Teen Wolf II', por lo que todo eran alegrías.
Un triunfo especialmente importante para un joven reparto en el que sobresalía un Dylan O'Brien que, ya en esos primeros compases de su carrera, ofrecía algo distinto, interesante y muy prometedor. Un conjunto de expectativas que se fueron convirtiendo en realidad gracias al estupendo trabajo del actor en películas como 'The First Time', 'Marea negra', 'American Assasin' y, sobre todo, la trilogía de 'El corredor del laberinto', una de las sagas de acción futurista juvenil más completas y estimulantes de los últimos años.

Sin embargo, todavía da la sensación de que O'Brien no ha terminado de encontrar ese papel que cambie por completo su ruta, que dinamite las esperas y ponga en pausa los paréntesis. Uno de esos personajes con los que acceda de manera definitiva a la primera línea de Hollywood, pudiendo codearse así con sus compañeros de generación, algunos de los cuales, por cierto, no están precisamente muy por encima de él. Pero así es la suerte, un elemento con el que Dylan O'Brien se encontrará tarde o temprano. No tengáis ninguna duda al respecto.