Incluso los admiradores de Steven Spielberg vimos serios riesgos en una propuesta como 'Lincoln'. Y es que, seamos claros, un biopic sobre una de las figuras más respetadas y relevantes de la historia de Estados Unidos tenía todas las papeletas para terminar convertida en uno de esos homenajes desproporcionados y dedicados a la exhaustiva misión de elevar a los altares a su personaje central olvidando las formas a favor del calado universal de un mensaje de alabanza. Sin embargo, Steven Spielberg sorprendía con su película más íntima en una década, casi teatral, alejada de excesos visuales, centrada en su discurso y tarea sin dejar de ser, desde su estupendo prólogo, gran cine.

Porque 'Lincoln' es eso, cine mayúsculo, inmenso, solemne en el mejor sentido del término, obsesionado con, a través de elementos mínimos, contar hechos grandiosos. Urge aclarar que no estamos ante un biopic al uso, ya que Spielberg y su guionista, Tony Kushner, adaptando el libro de Doris Kearns Goodwin, ubican al presidente como parte de un contexto, la instauración de una enmienda que prohíba la esclavitud en los Estados Unidos, que es el auténtico tema central de una cinta que, de todos modos, no aleja su mirada de los aspectos más personales de una figura histórica apasionante.
El Lincoln padre, traumatizado, marido y consejero están al mismo nivel de importancia que el político, inteligente y superdotado en su misión de hipnotizar con discursos y anécdotas. De esta forma, Spielberg, con la inestimable ayuda de un inconmensurable Daniel Day-Lewis, consigue un equilibrio perfecto, ofreciendo toda una lección de cine e historia.