No tiene porque ser de forma literal, aunque bien podría, pero cuando se habla de Al Pacino conviene ponerse de pie, quitarse el sombrero e ir calentando las manos para una de esas ovaciones cerradas que siempre duran menos de lo debido. Y es que, a estas alturas de la historia (del cine), pocas voces pueden poner en duda el legado artístico, la importancia capital y el incontable número de recuerdos inolvidables que ha brindado este gigante de la interpretación a varias generaciones de espectadores desde que tomó la (bendita) decisión de ponerse frente a una cámara.
Analizar la trayectoria profesional de Pacino es bastante similar a sumergirse en un océano de películas inabarcables, monumentos cinematográficos que han escapado con envidiable facilidad del implacable paso del tiempo. ¿Quién no se ha enamorado del séptimo arte mientras veía clásicos de la talla de, por ejemplo, la saga de 'El Padrino', 'Atrapado por su pasado', 'El precio del poder', 'Tarde de perros', 'Heat', 'El dilema (The Insider)', 'Serpico' o las recientes y extraordinarias 'Érase una vez en...Hollywood' y 'El irlandés'? Y lo más impresionante es que nos dejamos otra decena de películas maravillosas sin citar.

Al Pacino es un volcán en permanente estado de erupción, una fuerza de la naturaleza que no ofrece opción al respiro, que desencaja mandíbulas a base de energía incontrolable, fuego interior y mirada penetrante capaz de helar la sangre. Su colección de interpretaciones eternas está a la altura de muy pocos actores, tanto de su generación como de la época del Hollywood dorado o, por supuesto, los últimos años de la industria. Es una de las pocas leyendas reales que continúan maravillando al público en la actualidad. Llevamos décadas disfrutando de Al Pacino. Un regalo, un lujo y un honor que nunca debemos dejar de celebrar.