Lo mejor del artista, de eso se trata, Michel Gondry, es que nunca sabes la dirección que va a tomar su mirada, el siguiente paso de su obra, el movimiento inminente de su inspiración. Y eso, aunque también conlleve ciertos riesgos y decepciones, tan inevitables como necesarias en toda carrera creativa, no dejan de ser buenas noticias, especialmente en unos años en los que el factor sorpresa cinematográfico ha estado brillando a base de puntuales destellos.

Curtido en el mundo del videoclip, donde ya demostró su inagotable imaginación y su envidiable capacidad para crear universos en cuestión de tres minutos, Gondry ha construido con paso tranquilo pero firme una trayectoria como cineasta marcada por un mundo absolutamente propio. En ocasiones, muchas, la historia que debía contar jugaba mucho a favor de esa innovación visual e inventiva apabullante, pero, incluso en esos momentos, el francés conseguía aportar un sello propio siempre interesante. Y, en más de una y dos ocasiones, profundamente admirable.
A lo largo de este especial, enumeramos sus diez trabajos más representativos, un conjunto de películas inclasificables y geniales en las mismas dosis. Propuestas que se mueven siempre dentro del ADN de un autor, otra etiqueta innegociable, en movimiento permanente. Y menudo regalo tener la oportunidad de acompañarle en cada vieja en nuestra condición de (privilegiados) espectadores.