Cuando hablamos de Martin Campbell está claro que no nos referimos a un autor. El término más correcto, a todas luces, sería el de artesano, pero esta es una ocasión tan buena como cualquier otra para reiterar que no se trata de un concepto negativo, ni mucho menos. A lo largo de la historia del cine, han sido numerosos cineastas los que, partiendo precisamente de esa citada artesanía, han alcanzado cotas realmente altas. Y el propio Campbell es un ejemplo de esta teoría.
Especializado en el terreno del thriller y la acción, con puntuales escapadas al género superhéroico ya la aventura clásica, Campbell ha logrado en la mayoría de propuestas que ha dirigido, y no son pocas, cumplir con su función de manera satisfactoria. Y es cierto que cuesta encontrar obras maestras en su trayectoria, de hecho ninguna de sus cintas llega a ese nivel, pero tampoco resulta tan sencillo identificar demasiados naufragios artísticos. Aunque hay algunos que valen por varios.

Pero, en cualquier caso, conviene mirar el vaso medio lleno a la hora de profundizar en la filmografía de un cineasta que, desde la corrección y el equilibrio, la profesionalidad y la experiencia, ha conformado una carrera interesante con puntuales destellos de genio. Y ahí sigue el bueno de Martin Campbell, entregado a la causa de la artesanía cinematográfica.