Durante su primera etapa como seductor en Hollywood, Matt Dillon procuró trabajarse el futuro con interpretaciones que fuesen un poco más allá del clásico rebelde adolescente con aires de grandeza. Ese prototipo chulesco y socarrón que tan bien encajó con su idiosincrasia, fue el mismo que le condenó al ostracismo cuando el cine cambió en los 2000. Las películas de canallitas con grandes cantidades de testosterona se convirtieron en buenazos románticos. En ese proceso, el desafiante Bob de 'Drugstore Cowboy' se quedó en un segundo plano hasta que apareció Paul Haggis con 'Crash (Colisión)'. Recibió una nominación al Oscar y, una vez más, vuelta a papeles secundarios en películas menores. Una montaña rusa en la que no ha podido dejarle claro al imaginario colectivo que su talento está muy por encima de su trayectoria.

La oportunidad de reengancharse al tren del dinero (y la consideración) vino por parte de la televisión, gracias a su Ethan Burke en 'Wayward Pines', una serie que empezó de una manera tan inquietante, con ecos al universo lynchiano, que el golpe posterior fue demasiado fuerte como para soportarlo. Al tipo le habíamos visto toda la generación de principios de los noventa, tonteando con una de las actrices más bellamente prometedoras de la industria (Lindsay Lohan) en 'Herbie: A tope' y reventando el medidor de bobadas medio serias junto a Willem Dafoe en 'Tierra del mal', así que de algo nos sonaba su chulería de agente encubierto. Sin embargo, durante esa década de proyectos de segunda fila, Dillon no terminó de quedarse en la memoria del gran público, no tanto, al menos, como lo había hecho de adolescente en los 80.
Así que, con visos de cambio en la colina angelina y dispuesto a poner en liza su amplio espectro de interpretación, Dillon aceptó ser un arquitecto psicópata con TOC, valga la redundancia, en manos de Lars Von Trier. De alguna manera, este trabajo, aplaudido por algunos y vilipendiado por otros, resume su carrera como una suerte de vórtice en el que aparecen y desaparecen sus mejores y peores trabajos. 'La casa de Jack' ha sido su último reto, antes de acompañar a Tom Hardy en 'Fonzo', la nueva película de Josh Trank en la que se analiza la demencia de un Al Capone recién salido del presidio y completamente atormentado por su pasado. Dillon, del que no se conocen más proyectos en el futuro, siempre es un seguro para cualquier director que no tenga muy claro hacia dónde encauzar su producción. Si quieres riesgo ('La ley de la calle') te dará riesgo; si quieres ligereza ('Algo pasa con Mary') te dará ligereza. Un actor que merece que le conozcas.