Wallace y Gromit son, primero, dos de los personajes más inolvidables, tiernos, divertidos y maravillosos que nos podemos encontrar dentro de la animación. Pero es que, además, representan el corazón de Aardman Animations, uno de los estudios más importantes y necesarios que ha dado el género en su historia.
Este amable inventor que vive en el 62 de la calle West Wallaby junto a su perro, el cual pasa los días escuchando música clásica, tejiendo y leyendo filosofía, nos han dado una cantidad de horas inolvidables donde la risa, el encanto, el ingenio y la emoción se combinan con una facilidad aplastante. Se trata, sencillamente, de dos creaciones únicas con las que siempre resulta una suerte reencontrarse.
Condensando en sus rostros y movimientos cada virtud de Aardman, hablamos también de dos prodigios de esa técnica que tantísimas alegrías nos ha regalado denominada stop-motion, ejemplos de que, a través de ella, se puede alcanzar una grandeza que no rima nunca con el exceso o lo artificial. Puros y brillantes, Wallace y Gromit forman parte fundamental de ese rincón de la memoria que huele a hogar, dulce hogar, donde conectamos millones de personas.