La pregunta parece clara: ¿Alfonso Cuarón ha hecho ya hueco en su casa para ir ubicando su segundo Oscar como Mejor director por 'Roma' tras su incontestable triunfo en esta misma categoría por 'Gravity'? La respuesta parece igual de evidente, pero, cuidado, estamos en una carrera de premios tan imprevisible y, por momentos, delirante, que poner la mano en el fuego por cualquier cosa tendría más de acto inconsciente que de firme convicción.
Y es que, si miramos con atención al resto de compañeros de Cuarón en esta edición, nos encontramos con leyendas cinematográficas (Spike Lee), revoluciones europeas tan inesperadas como celebradas (Yorgos Lanthimos y Pawel Pawlikowski) y un director que parece haberse especializado en convertir cualquier tema espinoso y complejo en cine nervioso y apabullante (Adam McKay). Cuatro contrincantes de auténtico peso para el cineasta mexicano.

¿Lo mejor de todo? La sensación de que cada una de las direcciones presentes en esta edición de los Oscar es completamente distinta, única y especial, uniéndose solamente en lo que respecta a ese talento incontestable que demuestran los cinco nominados. Visiones cinematográficas que han servido para ir mucho más allá de la propia historia, para engrandecer la narrativa de sus respectivas propuestas y para demostrar que, un año más, la Academia reserva aquí el espacio privilegiado para la auténtica valentía.