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'Judy' es Garland, Renée Zellweger y la soledad de las divas del Hollywood dorado

Berta F. del Castillo Viernes 31 enero 2020

Dicen que Marilyn murió así, sola, ahogada por la estrella. Rita Hayworth aseguraba "todos los hombres que he conocido se van a la cama con Gilda y despiertan conmigo", y a juzgar por 'Judy', Garland poco dijo. Cantó lo que pudo hasta el final y adormeció la soledad a base de píldoras y alcohol, como una mujer cansada de que le den órdenes pero deseando que le dijesen qué hacer. Así, al igual que tantas otras despampanantes estrellas del Hollywood dorado llenas de talento y fulgor pero fuera de lugar en cuanto abandonaban aquel brillante panorama, Judy llegó al final del arcoíris con poco más que el cariño del público y solo de vez en cuando. Al menos ese es el poso que deja la honesta interpretación de una Renée Zellweger emocional y decidida.

 Renée Zellweger en 'Judy'

Todos los trucos del biopic se condensan en esta propuesta dirigida por Rupert Goold y escrita por Tom Edge, suerte que Zellweger sepa vestirlos de otra cosa (la mayoría del tiempo). En su postura y en su manera de gesticular se intuye a Garland, por mucho que esos morritos que suele gastarse sigan siendo los de Bridget o Barbara Novak. Su mirada y la manera en la que da vida a unas frases más concisas y eficaces que inspiradas, elevan una cinta que aún así se queda lejos de otras propuestas bastante más potentes como, remontándonos a ciertas nominaciones a los premios de la Academia de hace tan solo unos años, 'Jackie'. Aquí Zellweger te mueve pero se nota que se crece desde la réplica, sobre todo cuando hablamos de los momentos más emotivos. Estas escenas basadas en el contrapunto más acertado de la película, ponen de manifiesto que a veces por muy bien que se traiga estudiada una figura a representar, después en la práctica las cosas funcionan mejor siendo más crudas y menos sistemáticas. Tampoco ayuda que por norma los intérpretes que rodean a Zellweger parezcan tener como objetivo principal no hacer sombra a esta intérprete, es el caso de Jessie Buckley, fría y estirada como un prescindible cliché inglés.

Total que la historia se plantea de la manera más básica: los últimos pasos artísticos de la leyenda alternados con sus primeros, unos dolorosos e indelebles tan presentes en el final del camino como cuando se dieron en aquel principio, adoquinado con baldosas amarillas. Aún así la treta funciona a la perfección para pintar un trasfondo que hace resonar lo que probablemente fue la verdad de Judy: una mujer que jamás aprendió a cuidar de sí misma y que no tuvo la suerte de encontrar a nadie que supiese/ pudiese/ quisiese hacerlo por ella. Una víctima del Hollywood más caníbal, machista y cruel, una esclava, una mujer de usar y olvidar. Y ya si todo esto no fuese acompañado de pistas dialogadas "tienes que cuidar mejor de ti misma, Judy" de esas que rompen la magia, la cosa habría quedado tan trágica (y bella en ciertos instantes) como realmente fue en aquellos últimos meses previos a la muerte de Garland con tan solo 47 años de edad.

 Renée Zellweger junto al reparto de 'Judy' en un fotograma de la película

¡Cuidado SPOILERS!

* Vamos a hablar (más sutilmente que en concreto pero por si acaso) de dos personajes cuya carga emotiva es mejor descubrir en la sala de cine.

El corazón tras cualquier icono gay

De lo mejor de la película es la pareja formada por Stan (Andy Nyman) y Dan (Daniel Cerqueira), la representación de todos esos seguidores de Judy pertenecientes al colectivo LGTB. En ellos se construye de la manera más dulce y sincera lo que esas estrellas inigualables significaron para su público: una luz al final del túnel, un recuerdo de que la esperanza es lo último que debe perderse, un descanso al muchas veces insufrible día a día, una manera de teletransportarse más eficaz si cabe que aquellos zapatos coloraos. Zellweger encuentra la réplica definitiva en Nyman y Cerqueira, la clave de que el desenlace de la cinta sea tramposo pero entrañable gracias a cómo envuelven de cotidianidad a esa estrella que ansía un hogar por encima de todas las cosas. Stan y Dan representan el corazón porque terminan aportando cercanía al lado más humano y subrayando uno de los puntos más importantes hacia el final de la vida de Garland: que el único amor constante para ella, aparte del que sentía por sus hijos a pesar de ser juzgada como madre cada dos por tres, fue el de su audiencia. "¿No me olvidaréis verdad?", no Judy, siempre estarás arropada en lo eterno de la historia del cine.

Nota: 6

Lo mejor: Stan y Dan, maravilloso contrapunto emotivo.

Lo peor: Que como biopic no aporte mucho.

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