Incluso aquellas personas que llevan unos años ejerciendo la admirable labor de reivindicar la trilogía de precuelas de 'Star Wars' con la que George Lucas agitó, polemizó, arrasó, apasionó (poco) y enfureció (mucho) durante los primeros compases del siglo XXI, menudos tiempos aquellos, encuentran realmente complicado descifrar los motivos para celebrar 'Star Wars: Episodio II - El ataque de los clones'.

Sin embargo, maldita sea, vamos a sumarnos a esa defensa e intentar encontrar las virtudes más destacadas dentro de una entrega claramente menor de la saga galáctica. Y es que, tras revisarla recientemente, es cierto que algunos aspectos, tanto dramáticos como visuales, siguen sin funcionar ni un poco, acercándose al terreno de la telenovela más irrisoria en el primero de los casos y al del videojuego pasado de moda al segundo de su estreno, pero otros se salvan con cierta holgura.
En ese sentido, el del vaso medio lleno, destacan unos primeros compases por encima de la media, un clímax final bastante apañado, el Obi-Wan Kenobi de Ewan McGregor en modo detective y, sobre todo, un Yoda pletórico en cada una de sus apariciones. Son pequeños destellos en un todo profundamente irregular, desde luego, pero sirven para salvar de la quema a una película que, aunque nunca sea capaz de escalar hasta los primeros puestos de los fanáticos galácticos, puede que ni siquiera hasta posiciones de media tabla, no deja de ser un simpático entretenimiento.