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¿Qué es verdad y qué no en 'Dolor y gloria' de Almodóvar?

Clara Giménez 24 marzo 2019

Cuando el espectador está ante la pantalla que proyecta la última creación de uno de los cineastas más consagrados de nuestro país, Pedro Almodóvar, no puede evitar preguntarse dónde está la fina línea entre verdad y ficción. Porque si uno ha seguido la trayectoria del director de 'Dolor y gloria', verá inevitablemente similitudes entre él y su protagonista, el cineasta Salvador Mallo (Antonio Banderas), cuya caracterización ya nos remite directamente a Almodóvar.

Almodóvar y Banderas en el rodaje de 'Dolor y gloria'

'Dolor y gloria' no es solo la cinta que cierra una trilogía sobre creación cinematográfica y deseo compuesta por 'La ley del deseo' y 'La mala educación', se convierte en una historia autorreferencial, que no autobiográfica: el director maduro víctima de varias dolencias y que tontea con la heroína, el niño prodigio que queda deslumbrado por un joven albañil, el joven que en los 80 vivió la explosión de la movida madrileña. ¿Qué hay de verdad y qué hay de ficción en todo ello? Nunca lo sabremos todo, pero sí algunos aspectos que el propio Almodóvar ha decidido compartir: "No es autoficción, pero es cierto que la película parte de mí mismo", ha escrito el cineasta en El País. "Por supuesto, la película habla del cine y de la importancia del cine en mi vida. Podría decir que el cine es mi vida o que mi vida es el cine".

La cueva y el apartamento lujoso

Tiempo y espacio dialogan a lo largo de toda la narración: el presente se encarna en la casa en penumbra que habita el doliente Salvador Mallo, el pasado se compone de luminosos recuerdos que le trasladan al pueblo de la infancia, Paterna. Esa casa permanentemente oscura no es otra que la de Pedro Almodóvar: "Era lo más práctico, mi casa es la casa donde vive el personaje de Antonio Banderas, los muebles de la cocina (y el resto del mobiliario) son los míos o se han replicado para la ocasión, los cuadros que cuelgan de sus paredes, la imagen de Antonio, especialmente el pelo, hemos tratado de que se pareciera al mío, los zapatos y mucha de la ropa también me pertenecen. Y el colorido de sus prendas".

Si el lugar donde habita el protagonista en el tiempo presente corresponde a la verdad, siendo, en palabras del director, "el aspecto más autobiográfico de la película", no ocurre lo mismo con la infancia, donde Almodóvar se ha tomado más licencias creativas: "Nunca he vivido en una cueva ni me he enamorado de un albañil cuando era niño, por ejemplo, aunque ambas cosas podrían haber ocurrido".

Madre e hijo

Quien haya seguido la trayectoria de Pedro Almodóvar sabe la importancia que cobra la figura materna en sus películas ('Todo sobre mi madre', 'La flor de mi secreto'), y que el cameo de la madre de este ha sido una constancia en gran parte de su filmografía. En 'Dolor y gloria' nos encontramos a un personaje que recuerda algunos de los últimos momentos con su madre, una mujer manchega que ha peleado el hambre de la posguerra, Jacinta, y que guarda claro paralelismo con otras madres que aparecen en la obra almodovariana, como la Jacinta (Chus Lampreave) de 'La flor de mi secreto'.

Antonio Banderas y Julieta Serrano en 'Dolor y gloria'

"No busco que en las escenas con Julieta Serrano piense si yo tuve problemas con mi madre, sino que se vea a sí mismo frente a su propia madre, que admire la ejecución delicada e intensa de la actriz y se emocione con la interpretación de Antonio Banderas cuando la mira y escucha". Que la relación entre Salvador Mallo y Jacinta no sea una fiel reproducción de la Almodóvar y Francisca Caballero no significa que dejen de existir muchos aspectos claramente autobiográficos, como es la natural relación con la muerte: "Cuando escribía y reescribía la secuencia donde la madre Jacinta le dice a Salvador, «si ves que me atan los pies, suelen hacerlo para que los pies no caigan a los lados, tú me los desatas y dices que te lo he pedido yo. Al lugar donde voy quiero entrar muy ligera». Siempre que escribía o corregía esta secuencia terminaba llorando frente al ordenador".

El director dice haberse sentido deslumbrado con la gran interpretación de Julieta Serrano, hasta el punto de escribir e improvisar nuevas secuencias durante el rodaje del filme: "Me pregunto si entre mi madre y yo hubo algo parecido a este oscuro mar de fondo. Tengo la impresión de que esas secuencias improvisadas dicen más de mí, de mi relación con mis padres y con la Mancha y los lugares en los que viví mi infancia y adolescencia, que todo lo que haya dicho al respecto hasta ahora".

La relación con la droga

Tras esquivarla durante los salvajes años de la movida madrileña, Salvador Mallo termina por coquetear con una amante muy peligrosa: la heroína. Habrá quien se pregunte si Almodóvar llegó a probarla durante los años en los que actuaba junto a Fabio McNamara y comenzó a fraguar su carrera cinematográfica, pero lo cierto es que el cineasta afirma no haber consumido esta droga: "Yo nunca he tomado caballo, pero he estado rodeado de él, por eso lo conozco bien, pero pensé, «y si paso de todos los analgésicos y me paso al gran analgésico», y pensé en toda la gente que podía proporcionarlo y ya, o no estaba aquí, o no sabía localizarles", ha contado a El Español. "Pero en un libro de direcciones antiguas tenía un número de un dealer de entonces que era amigo mío. Así que fui a su casa, no pedí nada, de hecho tomamos dos botellas de agua, pero nos pusimos al día, de la gente, de los que habían muerto, de los que no...".

La heroína sirve como un paliativo del dolor físico y emocional al que se enfrenta Salvador Mallo, pero la creación cinematográfica constituye la verdadera adicción: "La auténtica droga de la película es el cine, no la heroína, la verdadera dependencia de Salvador es la de seguir haciendo películas, el cine le ha vampirizado por completo".

El diálogo con el arte

Múltiples libros, cuadros y canciones (además de la partitura de Alberto Iglesias, quien trabaja con el cineasta desde 'La flor de mi secreto') están presentes en la vida de Salvador Mallo como un poderoso subtexto donde Almodóvar nos habla de sus propias referencias artísticas: "He buscado artistas con los que me siento familiarizado y que en la mayoría de los casos, he crecido junto a ellos".

Destacan dos párrafos recitados por Salvador Mallo para ejemplificar lo que pasa por su cabeza: 'El libro del desasosiego', de Fernando Pessoa, y 'Nada crece a la luz de la luna', de Torborg Nedreaas. Pero no son las únicas obras literarias que vemos en el abarrotado y elegante apartamento de Salvador, la cámara también nos muestra una recopilación de cuentos del escritor realista Antón Chéjov; un monográfico sobre uno de los pintores que más insistentemente ha documentado Madrid, Antonio López; 'El orden del día', la crónica de los orígenes del nazismo que construye Éric Vuillard a partir de detalles que la Historia ha pasado por alto; y 'Cómo acabar con la contracultura: Una historia subterránea de España', del crítico español Jordi Costa, que Mallo desecha con inmediata pereza (¿el hartazgo del director al verse una y otra vez radiografiado por la crítica?).

Nora Navas y Antonio Banderas en 'Dolor y gloria'

A todas estas referencias literarias hay que sumarles las que cuelgan de las paredes: Guillermo Pérez Villalta, Sigfrido Martín Begué, Jorge Galindo, Manolo Quejido, Miguel Ángel Campano o Dis Berlín. "¡Parece un museo!", exclama Alberto, el personaje al que da vida Asier Etxeandia. Lo cierto es que casi todas las piezas que aparecen en el filme pertenecen a la colección privada de Almodóvar, con dos excepciones: uno de los cuadros del pintor figurativo Pérez Villalta, y otro de la surrealista Maruja Mallo. En el filme, Salvador se niega a prestar la obra de Villalta a una retrospectiva el Guggenheim; como tantos otros detalles de 'Dolor y gloria', no siempre sabemos el límite entre el personaje y su creador, probablemente no sea necesario conocerlo.

Lo importante, tanto para Salvador Mallo como para Pedro Almodóvar y, por extensión, para quienes disfrutamos de sus obras, es el impulso creativo: "Cuando Salvador encuentra en una galería de segunda una acuarela (el retrato que un joven albañil le hizo en la cueva de su infancia) recuerda vívidamente 50 años después la pulsión del primer deseo. Y vuelve a sentir que esa historia debería ser narrada. (Esta es la historia que Salvador cuenta, no yo, la que lleva por nombre 'El primer deseo'). Es un sentimiento apasionado y vertiginoso, el mismo que yo he sentido antes de cada una de mis 21 películas".

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