Con 50 años a sus espaldas, un jovenzuelo, James Gray ya cuenta con una de esas trayectorias cinematográficas que conviene celebrar como algo muy similar a un pleno total. Y es que, tras sumergirse una vez más en las seis películas que conforman su carrera, a uno no le queda más opción que la de claudicar ante la evidencia de estar ante uno de los cineastas más brillantes, coherentes, inspirados y rotundos de las últimas décadas.
Hablamos de un director que, desde su estreno en 1994 con 'Cuestión de sangre' hasta su última propuesta, la esperadísima 'Ad Astra', no se ha permitido bajar un listón que le situaba a la misma altura de los clásicos, en fondo y forma. Porque la manera de narrar, construir personajes, tramas y conflictos, incluso el modo en el que coloca y mueve la cámara, emparenta a Gray con auténticos gigantes de la talla de Francis Ford Coppola, Terrence Malick, William Friedkin o John Huston, entre otros. Palabras mayores.

En definitiva, James Gray es uno de esos tipos que habla, transmite y contagia un idioma cinematográfico, por desgracia, cada vez más ausente en la gran pantalla. Un director total que, a día de hoy, todavía no ha cometido ni un solo error, demostrando una firmeza y solvencia tan admirable como fascinante. Hoy es un cineasta esencial, mañana será un clásico.