A estas alturas de la historia (y las películas), ya no queda prácticamente nadie que no haya optado por ubicarse en uno de los dos bandos. Bueno, puede que sean tres. Los repasamos: Ejército de adoración infranqueable de M. Night Shyamalan, Ejército de destrucción innegociable de M. Night Shyamalan, y Ejército de amor/odio de M. Night Shyamalan. ¿El término medio? Complicado encontrarlo en el terreno de un cineasta tan genial como arriesgado.
Si me preguntáis, bueno, ni una sola duda al respecto: estoy más cerca del primer sector que de ningún otro, aunque dos propuestas como 'After Earth' y 'Airbender, el último guerrero' me resulten absolutamente insalvables. Sin embargo, más allá de este par de severos golpes, el resto de la filmografía de Shyamalan me parece de una potentísima y hermosa valía.
Y eso incluye, por supuesto, esta última década en la que su cine ha girado ligeramente hacia la ausencia total de prejuicios, expectativas y presión externa, liberando así a un cineasta que, en las películas que conforman esta etapa de su carrera, parece estar disfrutando más que nunca. En estos diez años, M. Night Shyamalan ha quebrado sus cadenas, propias y ajenas, para regresar a los niveles de talento que le ubican como uno de esos cineastas que tiene asegurada su condición de clásico.