Tenía algo especial. Se notaba desde el primer instante en el que aparecía en pantalla, arrasando con todo gracias a un simple gesto, media sonrisa, mirada rasgada o carcajada contagiosa. En los 90, década gloriosa a la que deberíamos empezar a reivindicar con más fuerza y entusiasmo, el trono de Actriz Favorita estaba más que competido, pero, sin lugar a dudas, Cameron Diaz entró de lleno en la batalla. Y sobrada de razones para ello.
Y es que, durante estos diez años, la actriz consiguió demostrar su talento interpretativo y su incuestionable presencia magnética con un conjunto de trabajos tan distintos entre sí como estimulantes, dejando bien claro que el riesgo era un elemento fundamental a la hora de construir esta primera fase de su trayectoria. Una etapa sostenida sobre un buen número de éxitos comerciales que sirvieron, por encima de casi todo, para subrayar a Diaz como una de las estrellas más radiantes de Hollywood.

El tiempo, ese juez tan despiadado, ha terminado desencajando más pilares de los deseados en lo que tiene que ver con la carrera de la actriz, sumando demasiados proyectos fallidos a la cuenta, pero nos queda para siempre aquella década mágica en la que Cameron Diaz brilló a una altura deslumbrante. Y todavía sigue siendo una luz realmente cegadora.