La mirada de Fernando León de Aranoa parte siempre desde la honestidad y la sinceridad. Y no se trata, además, de algo complicado de detectar cuando uno se acerca a su trayectoria cinematográfica. Incluso en sus trabajos menos inspirados, alguno hay, todo resuena con la esencia de lo cristalino, la naturalidad de lo cotidiano e incluso la poesía de las esquinas olvidadas de la rutina. Está en su forma de hablar, mirar, tratar y, sobre todo, respetar a todos y cada uno de sus personajes.
Con un primer tramo de carrera sencillamente envidiable, León de Aranoa supo construir un discurso creativo profundamente reconocible, personal y, de nuevo llegamos a esta parada, auténtico. Cada propuesta era un pedazo de vida en movimiento, un conjunto de creaciones con las que resultaba tan sencillo empatizar como sentirse identificado y unas conversaciones en las que quedarse a vivir.

Por eso, aunque sus últimos trabajos, a excepción del reciente y aclamado 'El buen patrón', no hayan conseguido impactarnos de una manera similar, siempre es placentero regresar al cine de un tipo que muestra su sensibilidad sin coartadas, su inteligencia sin prepotencia y su talento sin aspavientos. En definitiva, Fernando León de Aranoa, el malabarista de las frases inolvidables, es un director y guionista tan valioso como necesario para nuestro cine.