Tom Hooper regresa a su ruedo favorito. El del cine académico, artístico y visualmente despampanante. Una combinación de elementos que le ha llevado del éxito crítico a la repetición constante. Una carrera corta pero intensa que llega con su nuevo trabajo, 'La chica danesa', a su punto más estridente y lacrimógeno. Una nueva búsqueda de premios que se salda con una victoria del artificio por delante del arte.
Para muchos, uno de los directores más sobrevalorados de los últimos años, para otros, un cineasta con una sensibilidad especial reflejada en unos planos repletos de personalidad. Puede que ambos tengan razón, pero lo que cada vez parece más evidente es la certeza de estar ante un autor empeñado en que cada escena, cada movimiento de cámara, cada encuadre, represente su sello de identidad. Una labor tan pretenciosa como admirable, a pesar de los resultados.

Cuatro películas, tres biopics y la adaptación de el musical por excelencia. Todos ellos, trabajos obsesionados por una meta, la de conseguir la grandeza en los escenarios más pequeños posibles. Una especie de claustrofobia poética que caracteriza a un director diferente. A continuación, analizamos sus trabajos desde el punto más bajo hasta su cima. Una trayectoria repleta de errores de cálculo y destellos de genio. Más por atrevimiento que por esencia.