Llegar y besar el santo. O, lo que es lo mismo, estrenarte en el largometraje con, primero, una de las mejores películas de la década de los noventa; segundo, firmar uno de los reflejos más sarcásticos, desoladores y, al mismo tiempo, hermosos y cristalinos del llamado sueño americano y, tercero, arrasar en todos los premios de la temporada finalizando el trayecto con un Oscar a Mejor película y Mejor director en las manos. No es mal bagaje para Sam Mendes, un tipo curtido sobre los escenarios que, mezclando mejor que nunca los elementos teatrales con dosis de cine en estado puro, llegó a la gran industria para quedarse.
Golpe sobre la mesa, tortazo en la cara de toda una filosofía de vida que tenemos la manía de contextualizar de manera demasiado específica. Esas aspiraciones, esos sueños rotos, ese patetismo, esa soledad, esa intolerancia, ese miedo e inseguridad que recorre a todos y cada uno de los personajes que forman los cimientos de la grandeza de 'American Beauty' se podrían aplicar, a la perfección, a la de cada uno de nosotros. Todos nos obligamos a cumplir expectativas, a equilibrar una balanza imposible, a demostrarnos cosas que, en no pocas ocasiones, nadie nos pide. Es puro ser humano. Mendes lo sabe y usa el magnífico guion firmado por el brillante Alan Ball, responsable de la extraordinaria 'A dos metros bajo tierra', serie que es prima hermana de esta película, para profundizar en la mentalidad de cada uno de nosotros, golpeando nuestra razón y buscando de manera insistente la belleza en medio del fango.

Una bolsa que vuela al son del viento de un callejón vacío, las miradas furtivas que ponen silencio a un vecindario, los sueños eróticos prohibidos, la melancolía absoluta en una noche de lluvia de disparos, confesiones y locura cotidiana. No es exactamente nuestro día a día y puede parecer excesivo pero, al mismo tiempo, nada nos parece extraño. En fondo y forma, 'American Beauty' sigue siendo la mejor película de Sam Mendes hasta la fecha y uno de esos trabajos que, más allá de marcar una carrera, definen a toda una sociedad. Nos mira a la cara, nos deja las cosas claras, nos pone el grito en el cielo a través de susurros que escuecen, nos hace reír mientras los puñetazos en el estómago no cesan y, al final, nos deja solos con el eco de una media sonrisa resonando en nuestra cabeza. Lo dicho, llegar y besar el santo. Pero a través de una conversación con nuestros demonios.