Clave principal: el encanto. Y en cantidades industriales. Greta Gerwig ha hecho suyo un tipo de personaje, el de la chica culta, torpe y desorientada en casi todas las facetas de la vida, visto en pantalla mil veces, pero que parece diseñado específicamente para ella. Su presencia en los orígenes del movimiento de cine mumblecore funcionan como simple prólogo convertido en confirmación total gracias a películas como 'Frances Ha', una de las joyas de culto más esenciales de los últimos años.

Escrita junto a su marido Noah Baumbach, que cumplía también funciones de director, 'Frances Ha', situó a Gerwig en el mapa cinematográfico desde una perspectiva más popular gracias a un trabajo de naturalidad fascinante, uno de esos recitales interpretativos basados en hacer que lo (muy) complicado parezca (muy) sencillo. En aquel momento, sin lugar a dudas, pareció un milagro, pero finalmente resultó siendo un poder marca de la casa.
Tras ella, algún que otro error ('La sombra del actor'), aciertos en los que volvía a demostrar todo su talento, como los aquí presentes, y dos trabajos como directora en solitario con 'Lady Bird' y 'Mujercitas' dignas de la ovación más calurosa y contundente. El último gran salto para una estrella (y un talento) tan especial como necesaria.