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'Por trece razones' no se merecía esto

Jesús Agudo Jueves 11 junio 2020

¡Cuidado SPOILERS!

*Este artículo desvela detalles del final de 'Por trece razones'

'Por trece razones' vino para dar que hablar. Era su razón de ser desde que Jay Asher publicara la novela en la que se basa, que también se centraba en el suicidio de una adolescente y de las razones que le habían llevado a hacerlo. Cuando llegó a Netflix y empezó a correrse la voz, la serie pasó a acaparar conversaciones, titulares y debates. Pero eso era precisamente lo que pretendía. Para lo que había nacido.

Por trece razones

Esa primera temporada, centrada en Clay Jensen (Dylan Minnette) y las cintas de Hannah Baker (Katherine Langford), mostraba en el marco de un "culebrón adolescente" problemas muy importantes de los jóvenes de hoy en día como el acoso escolar, las drogas, la violación o el suicidio. Temas complicados que se englobaban en una trama de misterio que invitaba a continuar y a seguir profundizando en los problemas que se fueron sumando hasta que, para Hannah, no hubo vuelta atrás. Situaciones de menor o mayor envergadura que reflejaban la importancia de la empatía, el peso de las consecuencias. La primera temporada de 'Por trece razones' resultaba un material realmente interesante para que padres o profesores pudieran debatir con los jóvenes temas difíciles de sacar. Ellos no reaccionarían con rechazo (la serie y sus actores se volvieron un fenómeno) y los adultos tendrían en ella un buen punto de partida para conversaciones que deberían estar teniendo.

La primera temporada, como el libro, quedaba como un material pedagógico estupendo, siempre que se acompañara con esos debates y esas charlas. Aunque la polémica acabara ahogando el debate. ¿Romantizaba el suicidio? ¿Incitaba de hecho al suicidio? ¿Demasiado explícita? ¿Demasiado frívola? La serie dista mucho de ser perfecta, pero sí conseguía traer al frente asuntos de los que hay que hablar. Quizás Netflix debió confiar desde el principio en apoyar la serie con los materiales que sacó después, con contenido paralelo dirigido por expertos que invitara a profundizar más en esos debates y no reaccionar a posteriori, llegando al punto de eliminar la escena del suicidio en cuestión. Tenía que haber liderado el debate, no soltar la bomba y esperar que el público hiciera el resto. Ese fue el primer problema.

'Por trece razones' se convirtió en víctima de su propio éxito. Netflix no quiso desaprovechar la oportunidad de monetizar el fenómeno en el que se había convertido y anunció la continuación con una segunda temporada que ya volaría libre, más allá de la novela. Esa segunda temporada todavía soy capaz de defenderla. Aunque muy irregular, al menos intentó indagar en temas de feminismo y las consecuencias que traen las agresiones sexuales y las violaciones. Cuando España estaba pendiente del caso de La Manada, en 'Por trece razones' también señalaban el trauma que es para una víctima tener que revivirlo una y otra y otra vez. De nuevo, el componente pedagógico seguía ahí presente. Pero lo estropearon por completo con el final de la temporada, y de ahí todo fue cuesta abajo.

A partir de la tercera temporada, la serie de Brian Yorkey perdió esa capacidad de crear conversación y simplemente se dedicó a soltar temas sin ningún desarrollo o discurso. Ya eran solo giros de guion, no había componente del que padres o profesores se pudieran servir, y esos giros de guion eran torpes y no invitaban mucho a continuar con la serie. Esa tercera temporada se alejaba cada vez más del espíritu de la primera y se dedicaba todo el tiempo a intentar redimir a Bryce Walker (Justin Prentice), un personaje con una larga lista de violaciones y acoso a sus espaldas. Porque todos merecemos una segunda oportunidad, ¿no? Una serie que se atrevió a mostrar las consecuencias que podían traer esas violaciones casi sin paños calientes pasaba a decir que todos somos hijos de alguien y que todos tenemos posibilidad de redimirnos.

Por trece razones

Un desenlace deshonroso

El colmo llegó con la cuarta (y por suerte última) temporada. Pocos llegamos tan lejos, pero quedaba claro que no había ya donde rascar. Todos los personajes tenían tanto con lo que cargar que se habían vuelto absolutamente insoportables. Y aunque Clay siempre lo fue un poco, su trama de tratamiento de las enfermedades mentales está contada con tanta torpeza que no logra recuperar un poco la fe en las posibilidades de la serie. Encima 'Por trece razones' tenía un delirante y desastroso giro final que era difícil de esperar: el SIDA. En 2020. Contado deprisa y corriendo en el último capítulo con bastante poco rigor y con altas probabilidades de fomentar el estigma, como explican en Pride, además supone un final deshonroso para el único personaje que intentó por todos los medios ser mejor (aunque normalmente sus amigos no se lo permitieran). Muy irresponsable para una serie que debería cuidar mucho todo lo que muestra. Poco hay que salvar de una temporada que, además, parece ignorar por completo lo que reflejaron los primeros capítulos de la serie. Si en la primera temporada uno de los principales problemas es que ningún adulto se preocupó por escuchar a Hannah, la cuarta temporada es básicamente todos los adultos no escuchando absolutamente nada, asistiendo ciegos a todo lo que les pasa a sus hijos, no importa lo descarados que sean esos problemas o lo alto que griten en busca de ayuda. Y lo peor de todo: por el camino la serie ha perdido su capacidad de generar conversación, su razón de ser.

Seguiré defendiendo la primera temporada de 'Por trece razones' como una serie de instituto notable con una capacidad enorme para abrir conversaciones importantes entre padres e hijos, entre profesores y alumnos. Por suerte, ese plano conduciendo lejos de la ciudad con el que terminan esos primeros episodios podría funcionar perfectamente como desenlace. Pero sigue siendo una pena que una serie con esa fuerza y con esa intención acabe convertida en la enésima serie teen con poco que decir. El enésimo caso de que hay que saber cuándo parar.

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