Hemos perdido la cuenta de las veces que Steven Soderbergh ha asegurado en los últimos años que se iba a jubilar, dejar la cámara aparcada y ponerse a pensar en otras cosas. Declaraciones que, al mismo tiempo, iban acompañadas de anuncios de un (ahora sí que sí) último trabajo con el que se despediría para siempre. Por suerte, nunca ha cumplido con su palabra.
Meterse de lleno en la trayectoria profesional del, tomamos aire, productor, guionista, director de fotografía, editor y director de cine estadounidense es toda una aventura. Y un enorme placer. Versatilidad pura, capacidad deslumbrante para mutar de película en película y una devoción evidente hacia el mimo que merece la imagen.
Sobre estos pilares, y la combinación de cine independiente y grandes producciones llenas de estrellas, se fija la carrera de, digámoslo ya, un genio. Una mente brillante, un talento absoluto para la creación de imágenes potentes y duraderas y un tipo que no es capaz de estar quieto. Siempre espera al cruzar la esquina otra película de Steven Soderbergh. O dos. O una serie. O un cortometraje. Poco importa, la alegría por el reencuentro es tan constante como comprensible.