Si tuviéramos que definir a Colin Farrell como actor en una sola palabra, la mayoría de caminos nos dirigen con firmeza hacia una clara y contundente: carácter. Desde sus primeros trabajos hasta su reciente estado de gracia popular y crítico motivado por la celebradísima 'Almas en pena de Inisherin', el irlandés se ha caracterizado por un talento que rima directamente con la fuerza del impulso y las entrañas.

Incluso en sus papeles más íntimos y delicados, aquellos que pisaban el terreno del drama más intenso y, en ocasiones, pasado de rosca y azúcar, podías sentir como Farrell se estaba dejando la piel en cada escena. Poner toda la carne en el asador (interpretativo) como filosofía de vida profesional y marca representativa de identidad.
Capaz de sobrevivir a mil y un desastres comerciales, Farrell es uno de esos actores que siempre vuelven. Valiente en sus elecciones, enamorado del riesgo y capaz de despertar en el público emociones tan diversas como la risa, el terror o el llanto, estamos ante una fuerza de la naturaleza cuya entrega es más que un valor seguro. Y eso, en estos tiempos tan acomodados, es algo realmente digno de admirar.