Ya hemos perdido la cuenta de las veces en las que la carrera de Nicole Kidman parecía irrecuperable, perdida para siempre en el peligroso espacio que divide la admiración y el respeto de aquel maravilloso ayer con los laureles acomodaticios de un presente que no admitía demasiado respiro al riesgo, a lo inesperado, a la sorpresa. Sin embargo, si algo hemos aprendido en este sentido durante estos primeros compases del siglo XXI es que nunca debemos dar por perdida a Kidman. Jamás.
La actriz llegó al año 2000 con una carrera repleta de éxitos que habían conseguido unificar el entusiasmo de crítica y público, protagonizando pequeños grandes clásicos de la talla de 'Calma total', 'Eyes Wide Shut', 'Todo por un sueño' o 'Retrato de una dama'. Por lo tanto, la duda era si Kidman podría continuar instalada en el codiciado firmamento del Hollywood dorado, enfrentándose con firmeza al implacable paso del tiempo dentro de una industria con especial querencia por quemar calendarios. ¿La respuesta? Trabajo, trabajo y más trabajo.

Y es que, en las últimas dos décadas, hemos visto casi todas las versiones posibles de una intérprete que, más allá de su indiscutible y cegador talento, se ha mostrado valiente, atrevida, juguetona y liberada desde la madurez más deslumbrante. Veinte años en los que ha pisado géneros tan diferentes como el musical, el terror, la ciencia ficción, el thriller, el drama histórico, el melodrama romántico, la comedia, la acción, el cine infantil y hasta el terreno de los superhéroes. Y en todos ellos ha destacado con esa aura especial y única que pertenece exclusivamente a las grandes actrices de la historia. Un Olimpo del que Nicole Kidman se ganó hace tiempo formar parte.